Me sentí esclavo en el lugar donde me dijeron que era mío.
Trabajé la tierra creyendo que estaba construyendo algo propio,
pero no era mío.
Nunca lo fue.
Era del dictador que llevaba por padre.
Nada bastaba.
Nada era suficiente.
Mi esfuerzo no sumaba, solo se daba por hecho.
A los demás se les medía con indulgencia;
a mí, con una vara más alta y más dura.
Siempre más.
Siempre peor.
Coche, tractor, cargos, responsabilidades.
Creí que tenía un lugar.
Creí que tenía valor.
Pero solo era útil.
Y cuando uno solo es útil, se vacía.
Eso deja marca.
Eso pesa.
Eso se arrastra.
Hoy trabajo con desconocidos
que me tratan mejor que mi propia sangre.
Me dan herramientas, confianza, equipo.
No me humillan para sentirse grandes.
Me respetan porque cumplo,
y cumplo porque me respetan.
Hoy soy mi dueño.
No por lo que poseo,
sino porque nadie me pisa para sostenerse.
Lo que viví no lo niego.
Lo cargo.
Pero no lo repito.
Conmigo se acaba la explotación disfrazada de familia.
Conmigo se acaba el amor que exige obediencia.
Conmigo se acaba el esfuerzo que nunca vale.
Eso lo arrastraré como memoria.
No como condena.
Y no,
no voy a volver nunca
a entregar mi vida
a quien solo sabe gobernar desde el desprecio.
He dicho.
Curro Andújar
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